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Nunca llegué a pensar que ser ciego supusiera no ver nada, nunca, por siempre jamás. Yo suponía, que los pobrecitos personajes de oscuras gafas y omnipresente bastoncillo blanco que aparecen de cuando en cuando en los anuncios de televisión eran actores, buenos actores eso sí, que desempeñaban a las mil maravillas un determinado papel. O que, siempre dentro de mi/nuestra gran incultura mediática, sencillamente eran personas, de otra familia por supuesto, que habían tenido mala suerte en sus vidas, o que como creían algunos descerebrados hasta no hace demasiado tiempo, era una especie de escarmiento venido del cielo, para castigar algún acto impúdico a quien había osado deshonrar a la divinidad de turno... (...) ¿Son atrevidos y aventureros? ¿Les gustan las nuevas experiencias? Les propongo un sencillo y “divertido” juego. Prueben a cerrar los ojos y a experimentar ser ciegos por un solo día, por unos minutos. Simplemente echen un vistazo a su cuaderno de bitácora e imagínense cuando eran niños. ¿Demasiado lejos? Acuérdense cuando jugaban a oscuritas el día del cumpleaños de aquella preciosa vecinita del tercero que tanto les quitaba el sueño. Resuciten del letargo de su memoria aquella oscuridad que lo invadía todo. Aquel extraño sentimiento. Sientan de nuevo el vacío. El negro. La nada. ¡Hagan juego señoras y señores! ¡Hagan juego! Y atrévanse a experimentar nuevas e ingratas sensaciones. Intenten pasar unos instantes sin ver nada, absolutamente nada; ni siquiera el brillo, el resplandor de la claridad de la vida exterior a través de la luz que se filtra, como una esquiva gota de agua entre las manos, al otro lado de los párpados, e intenten comportarse y llevar una vida normal... Eso es exactamente lo que deben hacer para poder entender esa dura realidad que se extiende más al sur, por debajo de esa poderosa e infranqueable frontera de arena que es el Sahara, ante la impasible mirada de nuestros descansados ojos. Aventúrense a bajar el delicado telón que soporta las pestañas, y llegará la noche. De repente, la más absoluta oscuridad lo cubrirá todo por completo. Imagínense allí, de pronto, en mitad de ninguna parte, intuyendo la mirada triste y perdida de cientos y cientos de erosionados rostros que deambulan a su alrededor. Desconcertado, colgado, autista, como una puta sin burdel o un cura sin fe. Intentando adivinar y esquivar aquellos obstáculos que les rodean y que ahora ni siquiera pueden ver. Ver, mirar, observar. Aquellos verbos ya no tienen sentido. Pero, ¡La vida huele! Y tiene sabor, y se palpa, y se oye - para quien la quiera y pueda escuchar -. Incomprensiblemente hay algo más aparte de imágenes, formas y siluetas. Y sin embargo la nada. Los ojos, pasan a ser una simple palabra carente de utilidad y significado en nuestro diccionario. Un mero significante. Ya no existen los colores de la naturaleza: el azul intenso del mar tras la tormenta, el verde húmedo de los campos en primavera, el anaranjado de las llamas de la hoguera, el rojo de la sangre fresca. La totalidad de las cosas pasan a un segundo plano y se ven supeditadas a la nueva realidad; la gran cadena perpetua, la ceguera. (...) Vivir en el edén que se encuentra/extiende por encima del paralelo treinta y seis, aparte de aburrido en muchas ocasiones para algunos, ¡pobrecillos!, tiene entre otras, la gran virtud de poder elegir cuando y de qué morir. Además de que casi siempre es otro el que la palma –si nos dejaran, nos perderíamos en algún centro comercial y es probable que llegásemos tarde a nuestro propio entierro -. Los velatorios se convierten en el cínico altar sobre el que poder depositar nuestras ofrendas florales en forma de elogios y piropos hacia el difunto capullo. Aquí en las tierras más al sur, todo es maravillosamente simple y funciona según normas mucho más elementales y precisas: quien se pone enfermo, sea de lo que sea, simplemente se muere – aunque para nosotros siempre lo haya estado-. Así, los funerales se han convertido en la única fiesta digna de celebración. Uno de los pocos –por no decir el único- alicientes. Hay lugares en los que la distancia entre dos puntos separados cien míseros centímetros y unidos por una frágil y delgada línea trazada con un palo sobre el polvo, es una distancia demasiado larga e insalvable. ¿Alguien se ha preguntado alguna vez en cuantas partes se puede dividir un triste e insignificante metro? Aquí, en las tierras más al norte de este olvidado y desconocido país, infinitas no parecen ser demasiadas (suficientes).
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