DARK DUMP

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Nicaragua es un precioso paraíso asolado a lo largo de su historia por grandes desastres naturales, fratricidas guerras sin sentido y graves problemas políticos. Es en definitiva y como allí resignados me contaban “en donde el verde oculta la pobreza”. Allí nos podemos encontrar con paisajes tan dantescos como el basurero de Acahualinca en el barrio de Chureca, a orillas de lago de Managua al que van a parar las aguas contaminadas de la ciudad. El vertedero municipal es el sitio más miserable e insalubre de Managua, en el que viven “tranquilamente” sin tenerse que preocupar de pagar renta alguna e intentan ganarse honradamente la vida más de 300 familias. Moverse por este inmenso lugar es lo más parecido a pasear entre los cañones de un inhóspito planeta de alguna galaxia desconocida. Recorrer no sin dificultades, el angosto camino flanqueado por murallas de porquería que nos conducen hacia la gran explanada en la que regimientos completos de personas buscan a diario el pan y la vida, puede ser lo más parecido a una de nuestras más terribles pesadillas. Aquí conviven en aparente simbiosis vacas que pacen indolentes entre los desperdicios, grandes zopilotes que revolotean amenazantes sobre nuestras cabezas, famélicos perros llenos de pulgas que no tienen fuerzas ni para ladrar y cientos y cientos de hombres, mujeres y sobre todo niños (hay que tener en cuenta que una familia nica tiene por término medio seis u ocho hijos) que buscan objetos reciclables para vender y con los que obtener algo de plata o simplemente un tuquito de fruta, carne o pescado, en la mayoría de los casos podrido, para llevarse a la boca. Un territorio en el que decenas de estas “hormiguitas” humanas están constantemente expuestas a enfermedades como hongos en la piel, infecciones en los ojos o estómagos y gripes por el ambiente contaminado en el que habitan. Unas tierras en la que niños descalzos y semidesnudos recogen papel, plástico o botellas entre grandes cantidades de hierros oxidados, cortantes cristales de todos los colores y miles de jeringuillas usadas venidas de las calles de Managua, y en las que de cuando en cuando abren una pequeña brecha entre la basura para jugar un partido de fútbol o se divierten con el único juguete que han conocido en su corta vida, unos viejos neumáticos usados. Un peligroso y fantasmagórico lugar, refugio último para los más pobres y desdichados de la capital, invadido por cientos de miradas desconfiadas y amenazantes en el que los niños apenas sonreían cuando me acercaba a fotografiarles, mientras recogían con sus manos desnudas de la montaña de desechos del ultimo convoy, el fruto de innumerables horas de faena bajo el sol. Una gran cloaca en la que no queda ni mal olor, ya que ningún desperdicio orgánico pasa el suficiente tiempo en el suelo como para poderse descomponer. La llegada de un nuevo camión repleto de basura a la “Chureca”, supone para cada una de las personas que allí habitan, cruzar o no cruzar ese día, la delgada y a veces imperceptible línea que separa la vida de la muerte. La por estas latitudes escasa diferencia entre el desconsuelo de la nada o la esperanza de haber conseguido sobrevivir un día más en la miseria. (Texto del año 2000)
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