HUNGER

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Hunger
El 16 de junio es, aunque para la mayoría de nosotros carezca de sentido, el día internacional del niño africano. Un día normal y corriente para los que habitamos en la algunas veces tranquila, cómoda y apacible Europa, pero que tiene un simbolismo especial para los que nunca han tenido nada -ni siquiera el triste pensamiento de saber que jamás lo han tenido-. Este reportaje es el retrato, en forma de pequeño homenaje, de cualquiera de los millones y millones de niños perdidos que habitan en el continente en el que un día, dicen surgió la vida, y que ahora, poco a poco, muere sin remedio. Todos los días, el mundo -ese tan civilizado e inmerso en la aclamada y esperada, por algunos, globalización- pierde una cantidad exagerada de niños. Son demasiados -30500 por día, 11 millones al año- los menores que fallecen por causas que en gran medida son posibles de prevenir. Por factores que están en nuestras manos corregir. Se mueren -por si todavía alguien no se había dado cuenta- por falta de alimentos, de medicamentos, de agua, de cariño, de amor. Fenecen, olvidados sin remedio, viendo pasar las interminables horas bajo la espesa sombra de un vetusto baobab, o jugando a espantar famélicos zopilotes -allí hasta ellos pasan hambre- en una colina cercana. Ser niño en las regiones del África que se extiende al sur del Sahara, es algo así como jugar a la ruleta rusa con el cargador repleto de balas en medio de un gran polvorín a punto de explotar. Palabras, carentes en un principio de sentido para nuestros hijos, como desnutrición, malos tratos, esclavitud, prostitución, analfabetismo, enfermedad, guerra... Enfermedades fácilmente curables en nuestro primer mundo, acaban cada año, según datos publicados por UNICEF, con la vida de regimientos enteros de niños –en el África subsahariana principalmente-. La tos ferina sigue afectando a 40 millones de niños en los países subdesarrollados, aun cuando se dispone de una vacuna efectiva desde hace más de siete décadas. Todos los años, dos millones de criaturas mueren por las diarreas, 900.000 menores de cinco años por el sarampión, 200.000 por el tétanos, dos millones más por infecciones en las vías respiratorias, 1.000.000 por el paludismo y así, un demasiado largo y obviado por el primer mundo etcétera. África es, para la mayoría de nosotros, ese lejano lugar en el que se sacrifican las vidas de millones de personas -la mayoría niños- y en la que otros muchos millones más, sobreviven -si es que lo consiguen- únicamente para sufrir el acoso de sus recuerdos. Es ese enclave, único y surrealista, en el que una cálida noche de luna llena, un hombre se te acerca mientras te tomas una cerveza sentado en uno de los singulares “bares” que hay en medio de la sabana, para pedirte el roñoso tapón de tu botella y ofrecerte, en un confuso francés, los servicios sexuales de su hija de once años, porque tienes cara de ser buena persona y estar “sano”. O acudes como invitado -mitad excitado, mitad desconcertado-, a una de esas fiestas, repleta de música, comida y “chapaló” (la cerveza local) que organizan por el entierro de otro joven muerto por la enfermedad en un poblado cercano. O en el que en medio de una polvorienta calle sin asfaltar, una preciosidad de morenos quince años, te ofrece un rato de placer a cambio de un puñado, ridículo para nuestros despilfarradores bolsillos, de francos. Latitudes en las que el sufrimiento forma parte del paisaje, donde las noches son oscuras de verdad, y los días parecen siempre el mismo. Dicen, aquellos que han viajado mucho y conocen recónditos parajes, que el cielo africano es diferente y enamora al viajero de ojos abiertos y espíritu aventurero. El infierno, un lugar ya demasiado cotidiano para mi objetivo fotográfico y que allí puede que esté más cerca que en ningún otro lugar de la tierra, también. En el corazón del África Negra, el estribillo de la canción que resuena en los tambores de la noche siempre es el mismo y se repite, una y otra vez, sin cesar: Muere una madre. Muere un niño de corta edad. Muere otro niño.
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