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... siempre quise ser Peter Pan. ¿Qué tiene de malo? Como un ruidoso tentetieso en perpetuo movimiento, de un lado para otro, sin cesar. Corriendo, saltando, riendo, jugando... Imaginándome colonizando otros planetas, explorando remotas civilizaciones, nuevos continentes, lejanas tierras. Ajeno a las preocupaciones de los mayores, a las ataduras de sus obligaciones, al paso del tiempo. Extraño a sus inseguridades, a sus frustraciones, a sus fantasmas, a sus miedos. (...) Aquí, al otro lado de la oscura puerta, para cualquiera de los niños que nunca han sido niños y que abarrotan los innumerables orfanatos que hay repartidos por este vasto mundo, Campanilla es una utopía. Una de tantas. Otra más. A ocho mil kilómetros de distancia, lejos de nuestra tranquilidad habitual, Peter Pan no existe. Ni ha existido nunca, ni existirá jamás. Este es el retrato del sonido –puede que alguno de ustedes lo escuche-, sordo y sobrecogedor, del llanto inaudible y amordazado, de pequeños que me enseñaron que uno, puede ser huérfano de muchas más cosas de las que jamás podría imaginar. Estos son, los rostros de los protagonistas de cualquiera de las ya demasiadas historias de muerte y desolación que acaecen cada día en alguno de los muchos territorios límite, fronteras últimas e inescrutables, en los que el gris plomizo de las nubes no deja ni siquiera intuir un precioso cielo azul. Todavía hoy, en mis sueños, puedo ver con demasiada nitidez, las lágrimas de estas frágiles criaturas esculpidas a golpe de machete en los húmedos cafetales. Nacidas bajo la negra sombra de un frondoso palo. Criadas en sucios, lúgubres y malolientes arrabales. Con las duras calles como inhóspita patria, una vieja caja de cartón como triste cama y el odio como único juguete. Hacinadas en cloacas, en cárceles afectivas, en basureros de sentimientos. Maltratadas, drogadas, apaleadas, prostituidas, que no saben ni de caricias, ni de ternura, ni de cariño, ni de amor. Críos que únicamente adivinan pasar la vida desde un minúsculo agujero practicado en un frío muro pleno de alambradas, y que viven, o por lo menos lo intentan, en lugares en los que hasta el propio Dios es un canalla emboscado. Y sin embargo la ventana, esa diminuta ventanita de la que emana la dulce luz de la esperanza, y que todos y cada uno guarda con gran celo en su corazón, sigue abierta... Recuerdo que de niño quería ser mayor. Ahora, cuando las canas comienzan a brillar en exceso en el espejo, simplemente quiero poder llegar a pensar como un niño. ¿Utopía? Suficiente para unos, demasiado para muchos otros, excesivo para los niños, mis niños, de este, el otro país de nunca jamás.
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